Un espacio imperdible
que une al arte con la buena mesa
en el emblemático
Palacio de Bellas Artes


 




Por Sommelier Mónica H. Ferriz

Instagram: circulovinez


El Palacio de Bellas Artes, majestuoso ejemplo de Art Nouveau en su exterior y Art Déco en su interior, fue inaugurado oficialmente en 1934. Desde sus primeras décadas se contempló que el recinto ofreciera servicios para el público, incluyendo una cafetería o restaurante para los visitantes de sus exposiciones, conciertos y funciones.

A lo largo del tiempo han existido distintos espacios gastronómicos dentro del edificio. Durante algunos años incluso funcionó una cafetería en la azotea; sin embargo, el proyecto duró poco, ya que el viento hacía complicado el servicio en esa zona. Posteriormente se instaló una cafetería en la planta baja del recinto, pensada principalmente para los asistentes al museo y al teatro.

En su etapa más reciente, la cocina del café ha estado a cargo del chef mexicano Ramón Torres, quien desarrolló la propuesta culinaria del espacio. Dentro del medio gastronómico es conocido como “el chef de los palacios”, un apodo que ha ganado tras participar durante años en la cocina de eventos oficiales y encuentros de alto nivel en México.

Para el café del recinto, su planteamiento apuesta por una cocina mexicana contemporánea, accesible y bien ejecutada, pensada para acompañar la experiencia de quienes recorren el museo, asisten a una exposición o llegan al teatro para disfrutar de una función.




















Un diálogo entre arte y gastronomía

El concepto del restaurante busca conectar dos universos creativos: arte y cocina. Esta idea se refleja en distintos elementos de la experiencia.

La carta presenta platillos mexicanos reinterpretados, entre ellos enchiladas de pipián, enfrijoladas, chile relleno, esquites y molotes. En lo personal, el aguachile con pepino y manzana verde y la cazuelita de ropa vieja con mantequilla de tuétano fueron mis favoritos.

Además, en esta temporada tienen un menú de Cuaresma imperdible, perfecto para disfrutar el Palacio desde otra perspectiva.

La coctelería también forma parte del juego creativo: varias bebidas están inspiradas en óperas que se presentan en el teatro del palacio, y en ocasiones se diseñan menús temporales ligados a exposiciones del museo, como ocurrió con la muestra “De Monet a Matisse”.

Esta relación con la programación cultural hace que el restaurante cambie parte de su propuesta dependiendo de lo que ocurre en el recinto, algo poco común incluso entre cafés de museo.

Más que un simple lugar para comer, el espacio busca ser una extensión de la experiencia cultural:

  • el menú dialoga con las exposiciones
  • la coctelería hace referencia a las óperas
  • la cocina celebra la identidad mexicana.

Una pausa luminosa en medio del Palacio

Además de la cocina —que resulta sorprendentemente buena— hubo algo que enriqueció aún más la experiencia: la luz.

La luz que entra por las ventanas Art Déco crea una atmósfera serena, casi contemplativa, perfecta para disfrutar la comida. Fui a la hora de la comida y esa iluminación tenue parecía integrarse incluso a la conversación con la persona que me acompañaba, como si el tiempo dentro del café transcurriera a otro ritmo.


Una visita que vale la pena

No hay forma de no recomendar una visita al Palacio de Bellas Artes. Recorrer una exposición, asistir a una ópera o a un concierto y, antes o después, detenerse un momento en el Café de Bellas Artes convierte la salida cultural en una experiencia mucho más completa.

Un pequeño lujo cotidiano: hacer una pausa entre arte, arquitectura y buena cocina, en uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad.


RRSS: https://www.instagram.com/elcafedebellasartes/





Sobre sommelier Mónica H. Ferriz. Abogada de profesión, Sommelier por vocación, recolectora de amigos, aficionada a las risas y los buenos momentos. Siete años de experiencia en la organización de eventos y catas de vino. Egresada y certificada por la Academia de Asociación de Sommeliers Mexicanos, así como por Wines of Argentina. Fundadora de Círculo Vinez club de vino y ajedrez en Ciudad de México, espacio que promueve la cultura y amor por estos dos mundos fascinantes. Miembro de una familia de Maestros del deporte mental, fundadores de la Escuela Nacional de Ajedrez hace 50 años y del tan querido Club México.

Su amor por el vino, cuyos aromas la remontan a su niñez en las cabañas remotas del Parque Nacional La Marquesa cercano a la Ciudad de México, en donde su familia solía reunirse a jugar y a compartir el clásico queso, pan y vino, la llevaron a iniciar su formación como Sommelier con la intención de vivir la sublime bebida con consciencia, compartir conocimiento, experiencias, pero sobre todo las bondades, la pasión y el placer que genera una buena copa de vino, así como las historias de cada botella y las que se tejen alrededor de ella, promoviendo su cultura y consumo responsable.
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Los deliciosos sabores
de Michoacán
en restaurantes Azul


Por Sommelier Mónica H. Ferriz

Instagram: circulovinez


Hablar de los restaurantes Azul del chef Ricardo Muñoz Zurita es hablar de un proyecto que ha hecho de la investigación y el rescate gastronómico una misión permanente. A lo largo de casi 40 festivales dedicados a distintas regiones del país, esta iniciativa se ha convertido en un archivo vivo de la cocina mexicana: una plataforma donde no solo desfilan los platillos más conocidos, sino también aquellos que sobreviven en la intimidad de las cocinas familiares, lejos de los reflectores.

Cada festival implica un profundo trabajo de documentación, técnica y sensibilidad. Los chefs invitados y el equipo de Azul se sumergen en las recetas tradicionales, respetando su esencia y privilegiando insumos de origen. En esta ocasión, el turno es para Michoacán, un estado cuya riqueza culinaria es tan vasta como su geografía.

El Festival Michoacano, magistralmente dirigido por la chef Alma Cervantes, despliega un menú que recorre calles, lagos, pueblos y cocinas de hogar.

La experiencia inicia con un gaspacho moreliano, esa ensalada callejera fresca y vibrante tan típica de Morelia. Aquí, la chef aporta su toque personal incorporando camarón y kiwi, sumando proteína y una acidez sutil que realza la mezcla de frutas y verduras. Le sigue un delicioso Fideo Seco con chile guajillo, coronado con queso Cotija y aguacate michoacano: sencillez bien ejecutada, donde el picor tenue del guajillo abraza la untuosidad del queso y la cremosidad del aguacate.

Uno de los momentos más entrañables del menú es La Bola de Pedernales, un platillo hoy en desuso que evoca una escena rural casi cinematográfica. Antiguamente, las mujeres envolvían guisos en forma de bola, protegidos con servilletas o trapos bordados por ellas. Un hombre pasaba con su burro o mula recogiendo las “bolas”, colgándolas de ganchos para llevarlas hasta los campos de caña. Al grito de “¡bolas!”, los trabajadores identificaban el bordado de sus esposas y tomaban su almuerzo. Más que un platillo, es un relato comestible sobre comunidad y afecto.

No faltan los Uchepos, tamales dulces cocinados en hoja fresca de elote, bañados en salsa verde y acompañados de queso ranchero y crema, donde el contraste entre dulzor y salinidad resulta profundamente reconfortante. Desde la región lacustre del lago de Pátzcuaro llegan las Enchiladas de Pato, cubiertas con una antigua salsa de cacahuate que aporta profundidad y carácter a cada bocado.







El recorrido continúa con el pastel de carnitas de Quiroga, una preparación que comercialmente casi ha desaparecido y que hoy sobrevive en las casas de los pobladores. Se acompaña con chile Perón, de origen peruano pero adoptado por los cultivos mexicanos, singular por sus semillas negras y su personalidad aromática. También destacan las Tortitas cantineras, típicas de las primeras cantinas de Morelianas: telera remojada en salsa de chile ancho, secada al sol (chile de pasera), rellena de queso Cotija y finalmente capeada, en un juego de texturas que sorprende.

El cierre dulce mantiene el anclaje a la tradición. El Tamalito en Calabaza en Tacha, habitual en las ofrendas de Día de Muertos, se presenta acompañado de un helado de zarzamora que aporta frescura y acidez. La Capirotada, elaborada con pan tostado de masa madre oreado por un par de días y bañada en jarabe de piloncillo, pasas y queso Cotija, recibe un giro contemporáneo con una bola de helado de macadamia que equilibra la intensidad del almíbar.

El Festival Michoacano podrá disfrutarse hasta el mes de marzo en los restaurantes Azul. Es una oportunidad para descubrir platillos que no siempre aparecen en cartas convencionales, joyas culinarias que resguardan historias, técnicas y sabores que merecen ser celebrados y preservados.

Una invitación a viajar a Michoacán sin salir de la ciudad.

RRSS: @azulisimomx @azulhistoricomx @azulcondesamx @chefalmacervantes




Sobre sommelier Mónica H. Ferriz. Abogada de profesión, Sommelier por vocación, recolectora de amigos, aficionada a las risas y los buenos momentos. Siete años de experiencia en la organización de eventos y catas de vino. Egresada y certificada por la Academia de Asociación de Sommeliers Mexicanos, así como por Wines of Argentina. Fundadora de Círculo Vinez club de vino y ajedrez en Ciudad de México, espacio que promueve la cultura y amor por estos dos mundos fascinantes. Miembro de una familia de Maestros del deporte mental, fundadores de la Escuela Nacional de Ajedrez hace 50 años y del tan querido Club México.

Su amor por el vino, cuyos aromas la remontan a su niñez en las cabañas remotas del Parque Nacional La Marquesa cercano a la Ciudad de México, en donde su familia solía reunirse a jugar y a compartir el clásico queso, pan y vino, la llevaron a iniciar su formación como Sommelier con la intención de vivir la sublime bebida con consciencia, compartir conocimiento, experiencias, pero sobre todo las bondades, la pasión y el placer que genera una buena copa de vino, así como las historias de cada botella y las que se tejen alrededor de ella, promoviendo su cultura y consumo responsable.
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